CINE Y SERIES

Paulina Urrutia cuenta detalles de la filmación de “La memoria infinita”, ganadora del Goya, favorito para los Oscar

La actriz desentraña la conmovedora historia de amor, lucha y resiliencia entre ella y el periodista Augusto Góngora, mientras exploran la fragilidad de la memoria y la fortaleza del amor en medio de la adversidad del Alzheimer

La memoria infinita, dirigida por Maite Alberdi, ha irrumpido en la escena cinematográfica con una fuerza imparable. Tras recibir el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cine de Sundance y en los Premio Goya por mejor película iberoamericana, este documental ha cautivado a audiencias de todo el mundo con su poderosa exploración del Alzheimer y su impacto en la relación de una pareja durante más de 25 años.

El film, ahora disponible en Netflix, cuenta la historia de Augusto Góngora y Paulina Urrutia, dos figuras destacadas en la cultura chilena. Góngora, reconocido por su trabajo periodístico durante la dictadura, y Urrutia, actriz y exministra de Cultura en el gobierno de Michelle Bachelet, enfrentan juntos los desafíos del Alzheimer, revelando la fragilidad de la memoria y la fuerza del amor en medio de la adversidad.

Maite Alberdi, conocida por su obra anterior El agente topo, nominada al Oscar en 2021, ha logrado capturar la esencia de esta historia de amor e identidad con una sensibilidad única. A través de una narrativa íntima y respetuosa, el documental destaca la importancia de la memoria como pilar de la identidad humana y las relaciones interpersonales.

El éxito de La memoria infinita ha sido abrumador, convirtiéndose en el documental más visto en la historia del cine chileno después de su estreno en 2023. Este logro es un testimonio del impacto emocional y la relevancia universal de la historia de Góngora y Urrutia.

La película, que figura en la lista de seleccionadas para la categoría de mejor documental en los premios Oscar, ha generado un debate profundo sobre el cuidado de la memoria y la importancia de preservar la identidad en medio de la enfermedad. Alberdi, quien filmó durante cinco años la vida de esta pareja, destaca la excepcional relación entre los protagonistas y la recepción global que ha conmovido a audiencias de todo el mundo.

El reciente fallecimiento de Augusto Góngora añade un peso adicional a la historia, subrayando la importancia de su legado y el impacto duradero de La memoria infinita. A través de imágenes íntimas y emotivas, el documental ofrece una reflexión conmovedora sobre la fragilidad de la memoria y la fortaleza del amor.

Maite Alberdi, en una entrevista, compartió los desafíos que enfrentó durante la producción de la película, especialmente durante la pandemia. Sin embargo, destacó la importancia de la compañía y el afecto en el cuidado de quienes sufren de Alzheimer, aprendizaje que obtuvo durante el proceso de filmación.

Infobae Cultura conversó con Paulina Urrutia, una de las protagonistas de esta película, que sorprendió en cada país que se presentó

—¿Cómo fue tomar la decisión de realizar el documental?

—Frente al ofrecimiento de Maite, quien tomó la decisión de hacer la película fue Augusto. El problema es que ya con el diagnóstico que tenía, que se lo habían dado cuatro años atrás, todo su entorno, es decir, los hijos, sus amigos y particularmente yo, éramos responsables de sus decisiones. En ese sentido, Augusto siempre tuvo la libertad y la capacidad de decidir hasta muy avanzada su enfermedad. El punto es que nosotros nos quedamos con esa responsabilidad y eso fue lo más difícil. Él necesitaba hacerlo de esa manera, básicamente, porque era su lenguaje. Lo mismo ocurrió cuando decidió dar esa entrevista en la televisión chilena e hizo pública su condición dos años antes. Era su manera de expresarse a través de una entrevista o a través de un documental. Sin embargo, todos los que lo rodeamos, estábamos llenos de miedos, también de prejuicios. Fue un proceso de años donde Maite fue fundamental, no solamente fue ganando confianza, sino que va generando también una relación con la gente que ella fue trabajando y a quien va haciendo este nivel de registro tan humano, tan delicado, en donde expresa tanto respeto y dignidad por quienes somos registrados. Yo me resistí hasta el final. Cuando finalmente la vi, pude comprender por qué Augusto nunca se negó a hacerla. Porque él confiaba mucho en su lenguaje, en el lenguaje del cine. Sabía lo que era hacer un documental, lo que era retratar.

—Durante la filmación comenzó el aislamiento por la pandemia y tuvieron que detener la filmación, sin embargo, la directora te dejó una cámara que siguieras registrando lo que podías, ¿qué te sucedió en ese proceso tan complicado de atravesar?

—Cuando llegó el momento de la pandemia y ella me plantea que la película llegó hasta ese momento, ya que iba a ser muy difícil que nosotros podamos retomar. Ella tiene la idea de dejar una cámara ahí, no para que fuera parte del material, sino porque no quería perder la relación con nosotros. En un comienzo, era para que yo a través de esa cámara la hiciera testigo a ella de lo que nosotros vivíamos día a día. Nunca pensé que ese material iba a ser utilizado en la película y Maite menos, sobre todo por la calidad de mi registro. Ese material quedó con una naturaleza que es la esencia del testimonio, muestra la necesidad que uno tiene de compartir lo que está viviendo.

—¿Qué te pasó esa primera vez que lo viste?

—En un principio, no quise verla hasta que llegó el Festival de Sundance y Maite me dice: Paulina, tenés que ver la película. En términos personales fue como si Augusto me estuviera tocándome el hombro y diciéndome “viste que había que hacerla”. Era algo típico que hacía cuando nosotros discutimos, porque teníamos opiniones siempre distintas de las cosas. Fue impresionante porque, obviamente, conocía la filmografía de Maite, me encontré con una película, que era la menos Maite y la más Maite de todas. A ella se le coló la vida porque siempre fue tan perfecta, todos sus planos son bellos y aquí tuvo que trabajar con materiales de archivo o fuera de foco. Siempre le pregunto a la gente después de que la ve y si se dieron cuenta de que un porcentaje importante de esta película está fuera de foco y me dicen que sí, que cuál era el problema. Eso es maravilloso. Hay muchos que creen que eso fue intencional. Maite se hundió en un mar de descubrimiento, porque utilizó cosas que nunca había utilizado en su filmografía y lo hace de manera magistral, como si toda la vida hubiera trabajado con archivos históricos, familiares, laborales, y también incorporando una cámara sucia, equivocada. Todo funciona con una honestidad y hace que la película sea de una transparencia que vuelve a lo que originalmente el cine tiene como misión, que es correr el velo y revelar algo que si no fuera por este lenguaje no tendríamos acceso.

—Además de mostrar la enfermedad y su historia de amor, se puede ver el trabajo profesional que realizó Augusto en su país durante tantos años, ¿qué pudiste observar en ese retrato que hicieron de él?

—Efectivamente, se refleja un matrimonio que somos nosotros, pero hay algo ahí, una alianza del lenguaje compartido entre Augusto y Maite. Por un lado, lo que ella quería hacer de esta película, y al mismo tiempo está el relato de Augusto, que se divide en tres partes. Las mismas muestran la coherencia que llevó toda su vida, desde su trabajo para registrar el dolor que vivió nuestro país en esos 17 años de dictadura, hasta cuando, una vez recobrada la democracia, se vuelca a la memoria del registro creativo donde florecen las artes. Durante 20 años en el canal público hizo un trabajo que conectó a los creadores con las audiencias y los ayudó en la difusión de sus obras. También se refleja la última etapa de Augusto, donde no quiso ocultar su fragilidad, no tuvo vergüenza de su enfermedad, en mostrarla y con eso colaborar tanto a la visibilidad de esta enfermedad y en la implementación de programas de políticas públicas. Toda la contribución que hizo siendo la cara visible de esta enfermedad que estamos enfrentando todos de manera mundial y que es uno de los grandes desafíos de nuestras sociedades.

—¿Cómo fue mostrar esa intimidad que vivían diariamente?

—Es muy bonito en la película, cómo se ve que Augusto dependía de mí, y cada vez fue más, pero también muestra que yo dependía de él. Esa relación de un trato digno hacia la persona que está enferma. Generalmente, las personas que están enfermas se infantilizan, se tratan como niños y desaparecen. Cuán importante es darnos cuenta, que el ser humano requiere al menos de una persona que te contenga en los momentos de fragilidad, de dolor o de precariedad y vulnerabilidad y cuán fundamental es ser esa persona para aquel que lo necesita. La película también aborda la importancia de esos cuidados frente a la vulnerabilidad de cualquier ser humano. El ser humano no se puede concebir único e individual y ráscate con tus propias uñas. Tenemos que comprender que somos dependientes unos de otros y requerimos de otros para poder desarrollarnos y crecer.

—Se estrenó en un año muy importante para Chile…

—Fue durante la conmemoración de los 50 años del golpe de Estado que tantos traumas y dolor ha significado. Es una cicatriz en el alma de nuestra memoria, que debe estar siempre presente para no volver a repetir aquellos momentos tan dolorosos que vivimos, pero también para valorar aquello que hemos construido y hacernos responsables del cuidado. Darle el valor que corresponde, exigirle lo que no ha logrado y en ese sentido la película ha sido un ejercicio de memoria tan importante en el equilibrio que ha significado no solamente recordar lo doloroso, sino también recordar aquello que fuimos capaces de conquistar y lo significativo de ese logro.

—Sos actriz y fuiste Ministra de Cultura de tu país, ¿qué importancia encontrás en que cada nación tenga su propia filmografía y que la misma sea narrada por sus ciudadanos?

—Eso es fundamental. Primero por la capacidad transformadora que tiene el cine. Una memoria individual se convierte en una memoria colectiva. A través de esta película, la gente aprende de otras experiencias y entonces aparece el segundo rol del arte: el poder transformador. Cuántas personas a la salida de una función me han tomado la mano y me han dicho gracias por poder acceder a esa historia, porque se me quitaron los miedos y se sienten llenos de esperanza, contentos y con el corazón pleno. El cine tiene la capacidad de tomar una historia de la vida real, sacarla de contexto, ponerla en un lenguaje que nos permita a todos acceder y aprender de eso que le pasa a otros. Algunos estados no se dan cuenta del gran poder transformador que tiene el arte. Dime qué civilización existe sin expresión artística, que es justamente a través de la cual nosotros las conocemos, especialmente aquellas extintas.

Créditos fotos: MTV Documentary Films