INMIGRACIÓN

Lo que un incendio en un centro de detención en México nos revela sobre la política de inmigración de Estados Unidos

Este reportaje se publica conjuntamente con The Texas Tribune, una redacción local sin ánimo de lucro y no partidista que informa e interactúa con los texanos. Suscríbete para recibir The Brief Weekly para estar al tanto de su cobertura esencial de los temas de actualidad en Texas.

Stefan Arango, esposo y padre de familia venezolano de 31 años, se sintió inmediatamente asqueado por los olores a sudor, orina y heces cuando los guardias mexicanos le ordenaron entrar en la celda de concreto en la ciudad fronteriza de Ciudad Juárez. El piso estaba cubierto de basura, varios hombres estaban tendidos sobre colchonetas cubiertas, de forma incongruente, con vinilo de los colores del arcoíris. Las ventanas eran tan pequeñas que apenas dejaban entrar luz o aire. Y, quizás piadosamente, eran tan altas que los hombres no podían ver que estaban a muy poca distancia de El Paso, Texas, el destino por el que habían arriesgado todo.

Era el 27 de marzo de 2023 y Arango había sido detenido por autoridades mexicanas que habían acordado ayudar a Estados Unidos a disminuir el número récord de migrantes que cruzaban la frontera. Un guardia permitió a Arango hacer una llamada de un minuto a su hermana menor, que había venido a Juárez con él y a la que había dejado esperando en un hotel barato cerca de ahí. Ella sollozó. Temía que su hermano pudiera ser deportado a Venezuela.

“No llores, todo estará bien”, Arango le aseguró. “Tú quédate aquí, no te vas a mover. Yo vuelvo otra vez”.

Arango no podría decir con exactitud cuántos hombres estaban dentro de la estancia provisional, quizás más de cien, pero los guardias traían nuevos detenidos mientras sacaban a otros. Los hombres que pululaban alrededor refunfuñaban. Decían que hacía horas que no les daban agua. No les habían dado suficiente comida. Nadie les daba respuestas. ¿Por qué estaban detenidos? ¿Qué iba a hacer México con ellos?

Sobre las 9:20 de aquella noche, algunos de los hombres empezaron a golpear las barras de metal que se extendían sobre la pared frontal de la celda, exigían ser liberados. Uno de ellos alzó el brazo y jaló una cámara de vigilancia. Otro se subió encima de la puerta y tumbó una segunda cámara. Otros empezaron a apilar las colchonetas contra las rejas hasta bloquear la vista del guardia por completo.

Al menos uno de ellos prendió un encendedor. En minutos, la celda ardió en llamas y se cubrió de humo. Arango rogó a un guardia: “Hermano, no nos dejen morir, sáquenme de aquí”. Pero el guardia le dio la espalda: “Suerte, güey”, le dijo mientras huía.