Sordina antidemocrática

En el cínico arte de pedir silencios para preservar la integridad de una utopía (no importa el costo humano de su improbable ejecución) los cultores del pensamiento único han tenido desempeños memorables. “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución, nada”, decía Fidel Castro en junio de 1961. “Los contrarrevolucionarios (…) no tienen ningún derecho contra la Revolución, porque la Revolución tiene un derecho: el derecho de existir, el derecho a desarrollarse y el derecho a vencer”: eso afirmó el comandante, pistola sobre la mesa, durante el discurso que ponía cierre a tres tensas reuniones con escritores y artistas cubanos en la Biblioteca Nacional, en La Habana.

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¿Una sola alma?

El pulso de lo social y lo político suele marchar de manera asincrónica en Venezuela. Aun cuando la sociedad ahora mismo parece invertir sus desvelos en otros asuntos, más perentorios, las carnadas discursivas en torno al advenimiento de elecciones siguen sublevando los apetitos de la clase política. “Tenemos que prepararnos para 2 años de campaña. Para las presidenciales de 2024… y en 2025 hay elecciones conjuntas de alcaldías, gobernaciones y Asamblea Nacional”, ha lanzado Maduro, confirmando que el chavismo (como astutamente lo hizo el PRI, en México) seguirá sacando jugo a la ventaja política que remite al triunfo en comicios.

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El coraje tranquilo

Conocer a Sócrates nos conduce por caminos tan dispares como la idealizada estampa que dejó Platón -su alumno durante 10 años-, la chusca caricatura de Aristófanes o la limpia crónica de Jenofonte. Sobre su enorme influjo dan fe, eso sí, socráticos “menores” y “mayores”, Fedón, Antístenes, Aristóteles y el propio Platón, naturalmente. Filósofo y maestro de filósofos, piedra fundacional del pensamiento de occidente, fue curiosamente un pensador ágrafo: no dejó obra escrita, así que beber de su fuente pionera ha sido posible, en primera instancia, gracias a los Diálogos platónicos.

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Hijos de dos mundos

En Las raíces del Romanticismo -publicación que recoge una serie de conferencias sobre el tema dictadas en 1965- Isaiah Berlin emprende una vehemente zambullida en la corriente que, según explica, define la impronta filosófica, estética y política de la modernidad occidental. Berlin es fiel a su convicción de que un intelectual es alguien que quiere hacer las ideas lo más interesantes posibles; así que elude un abordaje signado por la severidad del tratado académico, pero no por eso menos minucioso.

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Re-politización

En “Una teoría de la Democracia Compleja” Daniel Innerarity abunda en la necesidad de refrescar códigos de una política pensada para otra época, otra polis relativamente simple; y de “aggiornar” visiones y procesos que deberían abrazar la complejidad en aumento. Pero aprender una nueva gramática del poder en un mundo de “intemperie compartida”, constituido “más por bienes y males comunes que por intereses exclusivos”, es doble reto para una sociedad como la venezolana, trabada en esta cuneta histórica que nos retrotrajo a esquemas desalojados por la modernidad.

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¿Un nuevo sentido común?

Pensamiento egregio o astucia, sapiencia o acción eficaz… ¿Qué esperar del político? La pregunta domina esta suerte de búsqueda del santo grial, el perfil del candidato idóneo para competir en elecciones 2024. Para evitar decepciones sin cura, quizás importa recordar que la política es un oficio y que como tal, se nutre en primera instancia de la experiencia, de la práctica, del sentido común.

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La bofetada de Tersites

Feo, sí. “Fue el hombre más feo que llegó a Troya, pues era bizco y cojo de un pie; sus hombros encorvados se contraían sobre el pecho, y tenía la cabeza puntiaguda y cubierta por rala cabellera. Aborrecíanlo de un modo especial Aquiles y Odiseo, a quienes solía zaherir…” Homero no ahorra detalles para describir a Tersites, personaje que junto a la sublime perfección de los héroes que transitan en la Ilíada, resulta todavía más deforme y repulsivo.

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Burbujas democráticas

¿Ser leales a las prácticas democráticas, aunque se esté inmerso en un régimen no-democrático? El dilema no ha dejado de azuzar a los venezolanos, ni dejado de asomar desafíos para una oposición que, tanto en lo prescriptivo como en lo operativo, está obligada a distanciarse de los modos autoritarios y excluyentes del gobierno. No hay pantano más fullero que la presunta legitimidad que fines virtuosos endosarían a medios éticamente cuestionables. Allí, nos consta, prospera el germen de la autonegación, la pérdida de límites entre la propia ambición y la del adversario, ya de por sí desbordada.

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