Adiós, Daniel

Por: Linda D´ambrosio

Hace apenas unos días dejó este mundo el maestro Daniel Grau.


Compositor, arreglista e ingeniero de sonido, mantuvo activo un estudio de grabación por el que desfilaron luminarias de la música nacional e internacional. De dimensiones modestas, pues estaba emplazado en el sótano de su casa, sus productos tenían, sin embargo, reputación de excelencia, y quienes confiaban sus grabaciones a Daniel tenían la certeza de que el sonido sería impecable y de que, además, podrían contar con su asesoramiento en la parte musical.


Por el estudio pasaron grupos de la talla de Serenata Guayanesa o Cantamor; artistas como Rudy Márquez, Pecos Kanvas, Trino Mora, Henry Stephen o el maestro Luis Laguna. Y me consta que estuvieron allí el maestro Juan Vicente Torrealba y el recientemente fallecido compositor Armando Manzanero. Produjo álbumes para los grupos Unicornio y Los Chamos, y el último disco de Aldemaro Romero fue mezclado y masterizado en el estudio.


Su trabajo no se restringía al ámbito musical, realizando también otro tipo de grabaciones, entre las que recuerdo algunas efectuadas para el excelentísimo actor Gustavo Rodríguez, también desaparecido, así como temas para cine y teatro. 


En ocasiones se desplazaba para grabar algún concierto en vivo, que más tarde se traduciría también en un disco. Es el caso de algún volumen navideño de la Schola Cantorum.


Como compositor grabó al menos doce LP en la época de los vinilos, que fueron relanzados hace unos años en formato de disco compacto. De naturaleza casi siempre instrumental y con la impecable calidad de sonido que lo caracterizaba, sus temas fueron auténticos referentes en los años 70, cuando Dejando Volar el Pensamiento se posicionó en los primeros lugares de la radio.


Provenía de una familia en que la música siempre había estado presente: su abuelo era aficionado a cantar ópera e incluso tenía en casa un aparato para grabar discos, así que el pequeño Daniel comenzó a cantar desde muy temprano. A los siete años ya tocaba el cuatro, alentado por una vecina, y a los doce años su tía Olga Sosa de Arroyo le regaló su primera guitarra. Durante un tiempo vivió en Santa Cruz de Tenerife, donde integró su primer grupo musical para amenizar fiestas, y más tarde, cuando regresó a Venezuela, fundó los Tijuana Strings, un conjunto que versionaba los temas de los Tijuana Brass, pero poniendo el énfasis melódico en las cuerdas.


El legado musical de Daniel es extenso e incluye numerosos temas inéditos. A menudo se involucraba en explorar temas conocidos realizando inesperadas interpretaciones. Es el caso, por ejemplo de O sole mio. Sin embargo, recorriendo los comentarios que han llenado las redes a propósito del fallecimiento del compositor, me llamaron la atención las razones por las que lo recordaban los niños de su vecindario. Teniendo fama de ser un hombre intransigente y de ideas fijas, en paralelo inspiró frases como estas: “ El que nos enseñó a los más pequeños de la cuadra a montar bicicleta y con quien realizamos pequeños cortos, con su cámara filmadora, de cuentos como Aladín y la lámpara maravillosa, o La Cucarachita Martinez; al que escuchábamos en muchas ocasiones aportarnos sus francos conocimientos sobre mecánica y su admiración y pasión por sus tan apreciados carros y, finalmente, el que apenas escuchaba piar a un Cristofué, simulándolo con su silbido, nos pedía hacer silencio para que lo escucháramos, fue, es y será siempre el gran Maestro Daniel Grau”. 

Después de todo, ese es el legado más importante que dejamos: la huella que transformó la vida de otras personas, para bien o para mal.

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